Tintes misteriosos

Esta narración nace de una sesión fotográfica, desenvuelta en un estudio y bajo unos términos especiales de luz, que construí junto con Felipe Padilla, el talentoso lente con el que colaboro. Con estas letras, enaltezco nuestra visión editorial y sumo mi sentir en un estado omnipresente.

 

Llegó el día. Era sábado, justo mi día favorito de la semana. Ya había pensado en el concepto que quería interpretar con la sesión fotográfica, uno que elevaba mi dulce sensibilidad a un escenario en el que solo los detalles podrían manifestarla. Una idea de feminidad redefinida por una esencia misteriosa, algo etérea, aunque muy contrastante con la delicadeza que yace dentro de mi. Una fusión entre claridad y oscuridad, influenciada por la atmosfera cosmopolita del universo mediático.

Desde tempranas horas preparé el conjunto que iba a materializar el precepto: un vestido plisado, alusivo al Delphos que Mariono Fortuny creó en 1909, con mangas largas y cuello medianamente alto, coloreado con rayas azul, verde blanco; decorado con un lazo negro, delgado, de cuero; y unos aretes en forma de estrella, elaborados con lentejuelas negras y rosa; los zapatos no iban a ser capturados, por lo que dejé mis pies al desnudo. Todo lo anterior, lo guardé en una maleta.

Cómo a las 3:00 pm iniciaba la función, empecé mi estilismo alrededor del mediodía. Para el maquillaje, me incliné por una simulación del llevado por Chanel en el desfile de su colección Crucero 2018/19 (una robusta línea negra sobre el párpado móvil, pestañas con volumen y un suave brillo en labios y pómulos) que recreaba poder, fuerza y disrupción; y para el peinado, opté por algo natural y voluminoso, una ondulación de algunas de mis puntas. Terminé esto, almorcé y esperé que celular vibrará, indicándome la hora de salida.

Sonaron las 2:30 pm y me dirigí al lugar acordado entre el lente y yo. Llegué y solo me bastó con dar un paso dentro del estudio para percibir el sinfín de detalles que iban a maquilar aquella experiencia. Las luces estaban postradas en lugares precisos. El telón, color crema, con pequeños pliegues desestructurados, yacía en el fondo del salón sostenido por una estructura especial. Y la cámara terminaba de calentarse en un enchufe cercano. Con este ojeo, mi corazón comenzó a contraerse y expandirse de manera elocuente, por lo que opté por distraerlo con un sustancioso juego de palabras, que a su vez prendió fuego al ambiente, antes frio.

Cambié mi ropa, conversé durante unas vueltas de la manecilla del reloj y la cámara se puso en la posición que le correspondía. Un destello suyo bastó para que mi cuerpo imitará su lugar al frente; punto en el que ahora yo era su reflejo y ella mi espejo. Unos cuantos ensayos de luces equilibraron la energía y una alarma vocal desenlazó el idilio que desde hace tanto anhelaba. Mis niveles de ansiedad bajaron y ya sólo escuché la música que salía de un pequeño parlante, ubicado a poca distancia (era reguetón, nada raro para mi jovial ánimo).

Mi silueta empezó a bailar al son del lente y el flash; mis brazos se movieron de un lado al otro, mi cintura giró de 10 a 90 grados a la derecha e izquierda y mi cabeza sutilmente se inclinó en distintas direcciones. A veces mi mente anticipaba el movimiento, y otras solo respondía a su acción, aunque siempre inspirada por la delicadeza y audacia propias de mi razón; un contraste que terminó siendo el emulador del resultado, que llegó después de varias capturas, sonrisas, gestos sinuosos, poses de brazos, cambios de peinado y hasta de otra ropa innecesaria.

Para mi sorpresa, todo se conjugó con dulce cinismo y dejó su evidencia en la memoria de la cámara. Agradecí a ésta los destellos que me había concedido y celebré el éxito junto con luces, telón, lente y flash. La función había finalizado y una sensación de satisfacción invadió el lugar. Cambié las telas que envolvían mi cuerpo, empaqué el resto y provoqué el último y eufórico juego de palabras, seguido por una despedida que aseguró más ansia de la que al inicio suponía. Ya sólo veía la hora de apreciar el resultado.

Días después, llegó la prueba de ese idilio a mi correo, la materialización de toda una brillante función: unas preciosas fotografías a color, cálidas y en un formato oneroso, aunque ideal para las espaciosas y blancas páginas de mi blog. Unas imágenes emuladoras de esa versión del “lady like” (estilo dulce y femenino) que mi imaginación maquilaba; que olvida las faldas voluminosas y tonos rosa para respirar mediante telas, detalles y actitudes misteriosas y eclécticas; que contiene una rareza impresa, con rasgos claroscuros, desafiantes y muy dulces; y que despierta curiosidad.

Una esencia tan mía como de quién responde a sus intenciones…

6 Comentarios

  1. 6 Junio, 2018 / 12:14 pm

    Juli me pareció q esta nueva faceta si es más intima, personal y descriptiva; escrita en un lenguaje poético y sublime, me gustó y percibí el cambio q le diste. Las fotos magníficas!!!

    • Juliana Hoyos
      Autor
      6 Junio, 2018 / 10:08 pm

      Mis palabras no alcanzan a agradecer el amor con el que siempre me lees y comentas ¡Infinitas gracias!

  2. Manuela
    6 Junio, 2018 / 1:47 pm

    Me encanta el romanticismo y el lenguaje descriptivo y sutil que manejas. Como siempre es un placer leerte! Pude imaginar, gracias a tus palabras, tu magnífica sesión. Orgullo.

    • Juliana Hoyos
      Autor
      6 Junio, 2018 / 10:19 pm

      Gracias por cada una de tus palabras, llenaste mi alma. Me siento realizada por haber logrado despertar tu imaginación.

  3. Olga
    7 Junio, 2018 / 11:21 pm

    Mi niña como disfruto leerte, tan elocuente y descriptiva , pones a volar mi imaginación , estoy muy orgullosa de ti.😘😘

    • Juliana Hoyos
      Autor
      11 Junio, 2018 / 10:16 pm

      No te imaginas lo feliz que me haces; gracias por siempre leerme y expresarme lo que sientes. Un abrazo Tía

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