Melenas al descubierto

A lo largo de la historia, el peinado ha tenido tantas variaciones como el vestir. Una forma de arreglo, colmada de longitudes, colores y texturas, que más que estilismo, devela complejas concepciones por su relación con la expresión. Existieron tiempos en los que su manifestación era de carácter impositivo, seguidos por otros en los que desvariaba entre influencias y restricciones. Hoy se personifica desde una esencia más hedonista en la que el placer estremece toda intención libérrima; una dicha para el individuo… que se esfuma en cuanto nada contra la corriente.

Enlistar la heterogeneidad del peinado y su evolución en materia individualista, puede idóneamente clarificar las ambivalencias que inundan nuestra actualidad. El momento histórico que adueñó el carácter forzado fue aquel antecedido por la edad media y la misma, cuando la longitud y el peinado se consideraban ilustres del rol que cada individuo ejercía en la sociedad, o de cualidades relacionadas con el poder, riqueza o conocimiento. Una realidad con extrema atadura que tiempo después fue liberada por los aires humanistas del renacimiento y los revolucionarios propios de la edad moderna.

Cabe mencionar, que esa modernidad y el siglo XX como protagonista, tampoco provocó la total transformación social y política. En ellos aun había matices de sumisión, provocados por la esencia dictadora del sistema moda de entonces, y por diversos acontecimientos ajenos a las facultades objetivas de la sociedad como masa, como lo fueron la Primera y Segunda Guerra Mundial y la Gran Depresión. Sin embargo, fenómenos como el cine y la música (y claramente la liberación femenina), contribuyeron a una democratización del universo estético del cabello.

El pelo sexy, largo y platinado de Brigitte Bardot; el corto y voluminoso de Marilyn Monroe; el castaño natural con flequillo de Audrey Hepburn; fueron algunos referentes de la pantalla grande. Y cantantes como Cher y Patty Smith, con sus estilos vanguardistas y desenfadados, también pueden ser ejemplos de esta popularización. Una corta lista de protagonistas, digna de propiciar un acceso más inhibido de ese mundo fantasioso, antes dictaminado.

En la actualidad, el individualismo posa como mago. La manifestación del pelo yace sobre un universo infinito de posibilidades, con longitudes a la carta, una sustanciosa gama de colores, texturas sin limites, y un sinfín de recogidos a la deriva del día, su clima o estado de ánimo personal. Una era provocadora de una marea de diferencia mágica. Un cuento de hadas.

Sin embargo, cómo en el concepto de belleza física se habla del pelo y su expresión, las decisiones sujetas al mismo reman entre ideales que van y vienen, y que imposibilitan una manifestación sin estribos. Los absolutismo en los parámetros de perfecta belleza directamente afectan el juicio, así el mismo posea la más innata confianza.

Lo que me lleva a cuestionar ¿qué es bello y qué no lo es? Si expongo su definición, adj. Que, por la perfección de sus formas, complace a la vista o al oído y, por ext., al espíritu ¿no sería subjetiva la determinación del idealismo? Todos poseemos diversos sentidos y esencias, entonces ¿por qué aún existen ambivalencias estéticas?

Las expectativas de belleza se derivan del imaginario colectivo de cada momento histórico, quizá con fundamentos culturales, políticos o económicos, aunque equívocamente promulgados como única y absoluta verdad. Por ejemplo, el ideal de cabellera concebido en Latinoamérica, responde a uno que alcanza la longitud cercana o posterior a la cintura, de color castaño con visos dorados, poseedor de prolijas y naturales ondas; a su vez acompañado de un cuerpo bronceado dueño de las medidas estrella 90, 60, 90.

Para nadie es ajeno este ideal, aunque para todos si es irracional, ya que irrumpe las lógicas del universo femenino (y masculino), su diversidad y sustancia. El querer alejarnos de esa longitud, textura y decoro, infunde un miedo en el ego que no nos inmuniza de inhibir la diferencia, porque así atreviéndonos y revelándonos ante esos estereotipos, somos perseguidos por miradas juzgadoras y voces inquietantes, incluso por las provenientes de esferas sociales cercanas o de la misma familia ¿por qué? ¿qué razones lógicas poseen para contradecir esa estética? Ninguna, y es por este egoísmo tan instaurado en la sociedad que caminamos por caminos imposibles para la libre expresión o por algunos en los que la autoestima entra en delirio pensante.

En mi experiencia, el alejarme de un largo de certamen revela simple y llanamente mi búsqueda por independencia, atrevimiento, diferencia, y más que eso, el ser fiel a mi más pura esencia. Aunque si de longitudes se trata, puedo dictaminar que no hay ninguno que reine, solo un universo colmado de princesas modernas y empoderadas de su ser y de sus propias expectativas de belleza.

Cada momento histórico tuvo sus desvaríos, ahora es la empatía la que nos debe antojar de cualquier peinado. Una elección libérrima liderada por la individualidad y convertida en el pinar de la convivencia y expresión en la sociedad. No debe haber otro ideal, solo el de la diferencia. Una añoranza en la que hemos deambulado sin atención pero que hoy es hora de luchar. O quizá bailar como lo hago yo, con mi pelo corto y despeinado…


Las fotografías que personifican mis intenciones fueron tomadas por Felipe Padilla Medina.

Los invito a apreciar su maravilloso lente en Instagram como @felipe_motion

 

 

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