¿Minifalda o pantalón? Una mirada al empoderamiento femenino

La liberación femenina es tan sustanciosa y compleja que es capaz de revolcar hasta al más ciego pálpito. Atrae con capricho justificado y entusiasma el pensar de cualquier mujer a un éxtasis de orgullo. Si pensamos en sus primeras manifestaciones, podemos remitirnos a centenares de años atrás. Sin embargo, los años que la llevan a su epítome, son los propios del siglo XX, resaltando a muchos saltos de empoderamiento, pero en especial, a una dupla digna de alabar que está abrazada por la moda: el derecho de la mujer a vestir pantalón y acortar su falda unos centímetros arriba de la rodilla.

Para los que no conocen los sabores de la historia, pueden determinar como ilógicos estos dos acontecimientos hoy tan próximos y concebibles. Una ilógica certera ya que fueron una irracionalidad para el existir femenino. Pero esas restricciones existieron, y no en un mar de mil colores. En un océano con aguas oscuras en el que el machismo y el conservadurismo reinaban con gloria impetuosa.

Sin embargo, gracias a los matices luchadores de unos pocos (después de muchos), surgieron estas dos prendas en la indumentaria femenina, no para ocupar otro gancho en el guardarropa, sino para colmar a la feminidad de nociones de empoderamiento. Tanto el pantalón como la minifalda lograron tambalear a la sociedad que empezaba a mostrar señales de modernidad. Si los admiramos juntos, evocaron fuerzas que antes ni se asomaban por una sutil ventana. Si los admiramos separados, podemos apreciar a cada uno como un impulso propio, con distintas épocas de manifiesto y ánimos del surgir.

Referente a la falda, asociamos a la liberación como ánimo y a los años 60 como el estafador de su creación, una época en la que los aires contenían nuevas percepciones dominadas por la juventud, y en los que una nueva sensibilidad por el amor, la familia, la música y la sexualidad, triunfo por encima de las normas conservadoras. Fue allí, donde una nueva mujer evocó y, que junto a un pensar desenfadado y supremamente optimista, trajo consigo a una falda 15 cm arriba de su rodilla (se atribuye su invención a Mary Quant y Andre Courreges). Una nueva prenda, cuya longitud libero la represión de la mujer y la expresión de una nueva voz envuelta en anhelos y gozo.

En cuanto al pantalón, este goza de controversia por ser proliferado en un tiempo diferente al masificado, aunque con un mismo y único ánimo de emancipación para la mujer. Es impensable que cuando las mujeres alcanzaron la igualdad laborar y civil, aun se les restringida usar pantalón para evitar vestirse como los hombres. Sin embargo, para el festín femenino todo inició cuando Coco Channel los incorporó en sus diseños en los años 20; en los 60s fueron reconocidos como merecedores del vestir femenino; y a su vez, fueron los 70s los que se llevan la gloria, que junto al movimiento hippie y el jean, fueron abrazados igualitariamente para hombres y mujeres.

Mirando el ahora, denotamos un empoderamiento con una gracia tan impulsiva, que se nos hace inconcebible el habernos permitido callar y restringir durante tanto tiempo con un vestir tan básico. Tanto el pantalón, como la minifalda marcaron un hito en la búsqueda por la igualdad de genero, y la proliferación con optimismo del empoderamiento de mujer. De igual manera, sin restarle mérito a una, me inquieta como la minifalda, al ser sinónimo de poder en la historia de la mujer, hoy, dependiendo del escenario, nos traslada sin querer a un estado de vulnerabilidad sin remedio.

Hablando por millares de mujeres, salir a caminar a la acera con minifalda y sin ninguna coraza como pantimedias o abrigos largos, es un llamado al desamparo, a una tormenta de fragilidad rozagante y supremamente ofensiva para nuestro poder. El mirar masculino llega al acecho con lascivismo e intensiones oscuras, impactando de inmediato en el poder para convertirnos en los seres mas indefensos de la gris calle. La incapacidad para destruir esas miradas, vuelve débil al empoderamiento y nos pone en una situación impotente. En el mismo contexto en el que fuimos obligadas durante siglos por culpa de la masculinidad prepotente.

El recortar la falda fue la realidad mas liberal de nuestra esencia, que quebrajo reglas sin gracia permisibles solo de la voz masculina como señor digno de la fiesta de la expresión sin represión, que sin duda es una injusticia para la humanidad. Entonces ¿por qué ellos siguen optando por esa noción errónea, peligrosa, egoísta y altamente irrespetuosa, en la que la silueta femenina solo se muestra como carnal, y no como el ser poderoso, inteligente y con carácter que somos? ¿cuándo serán ellos capaces de apartarnos en definitiva de ella?

Para los contradictores, pueden surgir otros puntos de vista en los que la falda se considera como símbolo de sensualidad y liberación sexual. Para refutarlos con justa causa, defiendo a la noción de sensualidad como un animo de reconocimiento de la feminidad, ya que cuando se siente pura, es hermosa, ingenua y hasta tan segura, que provoca destellos de sensualidad como poder, no como provocación. Y hablando de la noción de liberación sexual, podría confirmarla como verdadera solo en su época, ya que desde hace un buen tiempo, esos aires se esfumaron con los fervores del derecho a la igualdad.

Entonces, si la mirada femenina percibe la falda y la defiende de una manera sencilla, justa y equivalente a expresión y confianza ¿por qué los hombres no la consideran así? Muchas inquietudes indisponen nuestra naturaleza. Enaltecimos el significado del pantalón. Ahora el añoro es defender ese mismo ideal para la falda.

Por esto, si en este momento pudiera elegir entre ella o el pantalón para vestir por siempre, la elijo sobre este, aunque me provoque miedo, incertidumbre, y me induzca a la despojes absoluta (no refiriéndome a la piel; sino a la feminidad). Es una prenda que hace voluminoso el poder de la mujer, lo deslumbra y lo vuelve real, no efímero. Además, de lo que hoy estoy segura, es que cuando vencemos lo que nos acecha y vuelve errática a nuestra mente, un cambio sin medida, pomposo y colmado de virtud, es impulsado por la vida para alcanzar con alegoría el crecer.

En cuanto a mis esperanzas frente al cambio de intención lasciva del mirar masculino, las defino como mínimas. Es probable que en muchos de ellos, la naturaleza sea tan machista e inconsciente que ni sus hijos alcancen a apreciar tales miradas como prohibidas y lacas de delicadeza. Por eso, mi conciencia está preparada para que esos mismos escenarios de vulnerabilidad existan por un periodo incalculable. Pero, para combatirlos, opto por provocar sensibilidades en sus ojos en cada oportunidad que tenga.

No es un capricho feminista. Es defensa del empoderamiento femenino.

 

El lente de Felipe Padilla Medina es el que decora esta historia. Agradecimientos infinitos para el.

Los invito a que sigan su visión en Instagram; su perfil es @felipe_motion

2 Comentarios

  1. Lina ramirez
    15 Diciembre, 2017 / 2:36 am

    Una mamá orgullosa y una mujer guerrera que leyendo este artículo confirma una vez más que el sexo femenino aporta y aportará por siempre a la sociedad con un toque diferente .

    Juliana , eres ejemplo de lo que significa ser mujer ……….

    Te amo con el alma .

  2. 20 Diciembre, 2017 / 2:13 am

    A mediados de los 60’s en la portada de la revista Life, apareció una foto de una joven actriz norteamericana luciendo una minifalda como rosado con pliegues muy agresiva tal vez llegaba a la mitad de sus muslos y desde entonces fue más fácil para las mujeres de entonces en el mundo occidental empezar a lucir con coquetería y sensualidad esa prenda q nunca más se escondería en el guardarropas. Buen artículo felicitaciones

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