Entre marchas y tacones

 

Hace unos días, ciudades como Nueva York, Washington y Miami, se colmaron de mujeres de diversas edades, religiones y partidos políticos para expresar su voz por medio de gritos, música, letras y su mismo caminar. Muchos atribuyeron estos hechos a las paradojas de la campaña del recién electo presidente de los Estados Unidos. Otros, por su parte, entendieron que el motivo de estas marchas feministas era recordar que el gozo de la mujer aún no se encuentra en su máximo esplendor.

Marchas que celebraron la feminidad y que hoy apoyamos al reflexionar entorno a un empoderamiento del que aun no somos dueñas. La mujer se ha cegado sin intención, por costumbre o por mantener un orden social, y estas marchas llegan como rocío para despertarla. Y el que una mujer se juzgue internamente por acontecimientos ajenos que la desvían del estereotipo de mujer del ahora, incita a cualquier alma femenina a reflexionar.

Todos sabemos que hasta hace pocos siglos la mujer no tenía la libertad de hoy. No podía usar pantalón, ocupar cargos públicos y mucho menos derecho al voto, sin embargo, aun no es totalmente aceptada por la sociedad si no desea tener hijos, no contrae matrimonio de manera tradicional, no es heterosexual y no cursa sus estudios para después casarse. Una lista que sigue si no escatimamos en verbalizar la injusticia, una que la misma sociedad apoya, y que hombre permite.

La epítome de la feminidad está alejada. Los modelos o estereotipos de mujer perfecta están tan instaurados que ella misma se permite juzgar si no cumple con dichos ideales irónicamente determinados. Hecho desalentador que evoca la perdida de la fuerza interna y los ánimos de una libertad sin medida.

Si hablamos de estos estereotipos contemporáneos podemos tomar como ejemplo películas como “Sex and the city”, donde la mujer trabajadora, liberada y segura de si misma, que aparentemente es fuerte y exitosa, se ve en constantes luchas internas por logros desgraciados que la misma sociedad impone, como es el no quererse casar o por el escribir expresivamente sobre temas con los que la critican y juzgan.

La inseguridad femenina da forma a la injusticia de la desigualdad, es por esto que las manifestaciones de seguridad, como una marcha, nos recuerdan la importancia del reconocimiento interno. Todos debemos celebrar la calidad humana de la feminidad para desvanecer la asimetría que existe entre la vida de un hombre y una mujer. Y la convicción de esta lucha debe ser en conjunto. Como unos salen a la calle, otros podemos aliarnos al zumbido de esa batalla creyendo en la libertad de expresión, el valor incontable e imperceptible del alma y en el aura de la mujer fatal.

Las mujeres pueden deslumbrar el mundo entero solo con sus delicadas manos. Borremos los estereotipos de mujer y permitámonos ser sin prejuicios. Mujer, vamos por más marchas, luchas y palabras.

Siempre poderosas, siempre expresivas, siempre femeninas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *